Luxemburgo
(1865)
10 Centimes
KM#23.2
ET: 1799
30,9 MM - 9,74 Gramos
Durante el siglo XIX, Luxemburgo atravesó una profunda transformación política y nacional que definió su identidad moderna. Hasta comienzos de ese siglo, el territorio había sido parte del Sacro Imperio Romano Germánico, pero tras las guerras napoleónicas fue reorganizado por el Congreso de Viena (1815), que lo convirtió en un Gran Ducado bajo soberanía personal del rey de los Países Bajos, aunque dentro de la Confederación Germánica.
Esta situación híbrida hizo de Luxemburgo un país pequeño pero estratégico, ubicado entre Francia, Alemania y Bélgica. En 1830, cuando estalló la Revolución belga, gran parte de la población luxemburguesa simpatizó con los belgas y participó en su independencia. Sin embargo, las potencias europeas decidieron en 1839 dividir el territorio: la parte francófona fue incorporada a Bélgica, mientras que la parte germana se mantuvo como el actual Gran Ducado de Luxemburgo, bajo el rey neerlandés.
Durante las décadas siguientes, el país vivió una tensión constante entre su identidad alemana y su relación política con los Países Bajos. En 1867, una nueva crisis —la llamada Crisis de Luxemburgo— estuvo a punto de provocar una guerra entre Francia y Prusia, cuando Napoleón III intentó comprar el territorio. Finalmente, mediante el Tratado de Londres (1867), Luxemburgo fue declarado Estado perpetuamente neutral e independiente, y las tropas prusianas abandonaron la fortaleza de la capital.
A partir de entonces, el Gran Ducado comenzó a consolidarse como un Estado soberano, con su propia monarquía y administración. Se impulsó la construcción de ferrocarriles, la minería de hierro y una incipiente industria siderúrgica que sentaron las bases de su desarrollo económico posterior. En 1890, con la muerte del rey Guillermo III de los Países Bajos, se separaron definitivamente las coronas: el trono de Luxemburgo pasó al duque Adolfo de Nassau, iniciando la actual dinastía luxemburguesa.
$50.750,00
Luxemburgo
(1865)
10 Centimes
KM#23.2
ET: 1799
30,9 MM - 9,74 Gramos
Durante el siglo XIX, Luxemburgo atravesó una profunda transformación política y nacional que definió su identidad moderna. Hasta comienzos de ese siglo, el territorio había sido parte del Sacro Imperio Romano Germánico, pero tras las guerras napoleónicas fue reorganizado por el Congreso de Viena (1815), que lo convirtió en un Gran Ducado bajo soberanía personal del rey de los Países Bajos, aunque dentro de la Confederación Germánica.
Esta situación híbrida hizo de Luxemburgo un país pequeño pero estratégico, ubicado entre Francia, Alemania y Bélgica. En 1830, cuando estalló la Revolución belga, gran parte de la población luxemburguesa simpatizó con los belgas y participó en su independencia. Sin embargo, las potencias europeas decidieron en 1839 dividir el territorio: la parte francófona fue incorporada a Bélgica, mientras que la parte germana se mantuvo como el actual Gran Ducado de Luxemburgo, bajo el rey neerlandés.
Durante las décadas siguientes, el país vivió una tensión constante entre su identidad alemana y su relación política con los Países Bajos. En 1867, una nueva crisis —la llamada Crisis de Luxemburgo— estuvo a punto de provocar una guerra entre Francia y Prusia, cuando Napoleón III intentó comprar el territorio. Finalmente, mediante el Tratado de Londres (1867), Luxemburgo fue declarado Estado perpetuamente neutral e independiente, y las tropas prusianas abandonaron la fortaleza de la capital.
A partir de entonces, el Gran Ducado comenzó a consolidarse como un Estado soberano, con su propia monarquía y administración. Se impulsó la construcción de ferrocarriles, la minería de hierro y una incipiente industria siderúrgica que sentaron las bases de su desarrollo económico posterior. En 1890, con la muerte del rey Guillermo III de los Países Bajos, se separaron definitivamente las coronas: el trono de Luxemburgo pasó al duque Adolfo de Nassau, iniciando la actual dinastía luxemburguesa.
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